Cansado de Montañas Rusas

Ico meditando photo.png

Hace unos años, viendo una puesta de sol en el campo cerca de Burdeos, concluí que todo lo que había hecho, desde que nací, había sido un intento de aumentar mi bienestar hasta un punto en el que llegase a sentirme pleno, de una manera duradera.

Por mucho que hubiera obtenido muchas cosas (dinero, fama, relaciones, placeres de todo tipo) y logrado objetivos, etc. nada de eso había supuesto una fuente de plenitud duradera.  De hecho, habían sido tantos y tan variados los intentos que llegué a ver ese día que nada de este mundo podría jamás colmar mi deseo de bienestar/plenitud permanente, porque todo lo que existe aquí es impermanente: cambia, caduca…. Seguir por allí sería condenarme a una vida a lo Sísifo: cansina y sin éxito.

Adelantando unos pocos años, a día de hoy he tenido la suerte de experimentar, vez tras vez como esa plenitud anhelada es experimentable. De hecho, la sensación de plenitud (que viene y va y que tiene muchos escalones de profundidad) me viene de manera cero correlacionada con los sucesos externos. He sentido esta sensación estando sólo en el bosque, la he sentido con y sin trabajo, en pareja y soltero, con emociones agradables y desagradables, etc.

Alguien podría alegar que esto que cuento es una experiencia de privilegiado, de un niño bien que ha tenido la suerte de tener las bases de la pirámide de Maslow cubiertas, y que como un día me quede sin recursos me sentiré desdichado y me comeré todas mis palabras de plenitud. Si bien es posible que ello haya facilitado explorar este tema de la felicidad con dedicación y calma, hay suficientes casos en el mundo y a lo largo de la historia que parecen hablar del mismo tipo de paz/plenitud/amor desde posiciones socioeconómicas muy precarias, con mala salud, o viviendo en la soledad más rudimentaria de una cueva. He vivido esto al facilitar procesos de transformación a personas con condiciones económicas de lo más dispares en estos últimos años, desde presos en la carcel sin un euro a su nombre, a algunas de las personas más adineradas de nuestro país.

Con lo cual llego a la conclusión de que esta sensación de plenitud no solo está en mi naturaleza, sino en la de todos.

Pero este estado natural esencial esta tapado por pensamientos de carencia y conflicto que hemos decidido creer. Desde los más personales como “necesito vivirlo todo, tengo sed de experimentar vida” o  “hay que esforzarse para ganarse la vida” hasta los más compartidos por los seres humanos como “soy un cuerpo caduco” “el tiempo existe de manera objetiva y además hay muy poco”.  La mente no es una cámara filmando una vida objetiva. Es un proyector que crea toda nuestra realidad pensada, sentida, y sí, hasta percibida. Pero el proyector proyecta tan rápidamente las creencias inconscientes que no da tiempo a ver el mecanismo, sólo sus efectos. Vemos nuestras creencias proyectadas en el mundo y sentimos las consecuencias de esas creencias (el sentir no es más que el reflejo directo en el cuerpo de mantener una creencia). La emoción da más apariencia de realidad a lo que percibimos, y así, en un plis, se genera la sensación hipnótica de que hay un mundo allí fuera que nos está ocurriendo y que tiene el poder de atentar contra nuestra felicidad. De que verdaderamente necesitamos obtener o deshacernos de cosas para sentirnos plenos.

El proyector mental, siguiendo su función vestigial de actuar en pos de nuestra supervivencia, es un gran detector de problemas, y cuando estos problemas son “creídos”, se generano infinitos escenarios de carencia. Pero no es el caso, las circunstancias externas no existen. Deberían de eliminar la palabra circunstancia del diccionario.

Y cada vez que hacemos caso a nuestras creencias como si albergaran alguna realidad objetiva, como si fueran algo más que pura pintura de color con la que nuestro infinito potencial creativo se expresa, estamos validando el modelo de siempre de búsqueda de la felicidad. Desde la perspectiva del tiempo parece que vamos “en dirección a algún lado” o “mejorando”, pero desde la perspectiva del instante presente, que es la única real, estamos constantemente rechazando nuestra única realidad. Pegoteando a nuestra realidad presente la etiqueta de “Incorrecto” “Mejorable”. Y a partir de creernos esa etiqueta, todo el mecanismo mental de la reactividad comienza su función en forma de rechazo y/o apego para intentar corregir el momento y hacerlo pleno.

¡Que paradójico pero que cierto!: Cuando intento mejorar mi situación futura desde este lugar de reactividad, más allá de lo que logre obtener en el mundo (más dinero, admiración de los demás, o lo que sea que desee), seguiré fabricando conflicto, seguiré alimentando mi miedo. Y tarde o temprano las cosas externas cambiarán y me volveré a quedar sólo con mi sufrimiento. No habré aprendido algo de verdadero valor.

Así que ante la pregunta “cuál es mi voluntad más profunda”, la respuesta que me sale es: “estar anclado, instante a instante, en mi experiencia de vida, con la intención de mirar de manera honesta donde hay el más mínimo atisbo de resistencia a lo que está ocurriendo ahora, y desde el abrazo incondicional al conflicto, trascenderlo con el recuerdo sentido de que no es real, de que solo es una creencia.”

Vivir nuestra vida solamente desde este lugar presente, desde este portal en el que podemos recordar que todo lo que experimentamos es una proyección de nuestra mente (creencias, emociones y percepciones) ¿es incompatible con lograr cosas en el mundo?. No tiene porqué estar reñido en absoluto. Nada está reñido con nada salvo que nos creamos esa dicotomía. En esta perspectiva unitaria no hay bienes ni males, y el negro y el blanco no son contradictorios. Pero buscar algo fuera desde una posición de carencia –con la esperanza de que nos llene- allí, por eso de la impermanencia descrita antes, solo puede llevar a la vida que la mayoría de seres humanos conoce. Una vida de picos y valles, una montaña rusa en la que nos pasamos lavda intentanto quedarnos un poco más “arriba” e intentando controlar lo incontrolable para no caer demasiado abajo. Mucho cansancio, y cuando miramos honesto, muchísima insatisfacción y sufrimiento.

Por ello creo que el orden de prioridades es clave.

Es decir, que todo lo que hagamos o digamos, todo lo que ganemos, toda la gente a la que consigamos ayudar, todo ello no significa nada si no está al servicio de lo que verdaderamente importa. Pero en cambio, desde ese centro, todo lo que hagamos es una expresión de creatividad, amor, abundancia e incesable dicha.

Rodrigo Aguirre de Carcer