El Bienestar Social no se Busca
Capitulo del libro: “Social Wellbeing” sobre el futuro del bienestar social, co-escrito con una variedad de autores, entre los que se incluyen Mario Alonso Puig, Julio Gisbert, y Carmen García de Andrés.
Vivimos en un contexto histórico en el que cada vez más personas están experimentando una transformación de su mirada acerca de sí mismos y del mundo que les rodea. Esta mutación paulatina, motivada por un deseo inherente al ser humano de alcanzar un estado duradero de paz y plenitud, comienza a afectar a las preferencias y acciones de un número creciente de individuos, aportando nuevas opciones al abanico de posibilidades a su alcance para alcanzar el bienestar anhelado.
Esta transformación individual es la que a día de hoy impulsa la gran mayoría del cambio que vemos en las corporaciones, naciones y demás y sistemas claves del planeta. Incentivados por mecanismos simples como la estimulación de la demanda, la protección de cuotas de mercado, y la obtención de influencia sobre votantes y seguidores, los principales focos de poder del planeta modifican sus sistemas en respuesta a las demandas cambiantes de individuos. Aun son minoritarios los casos en los que la organización que genera cambios beneficiosos para el bienestar social lo hace partiendo de un deseo de corazón de sus dirigentes. El momento actual sigue siendo uno en el que la hipocresía política está a la orden del día, la Responsabilidad Social Corporativa es una derivada más o menos encubierta del departamento de Marketing de una empresa, y Green Washing es un término común.
Pero ya no tenemos tiempo de seguir recreándonos en el mismo juego con reglas que se modifican progresivamente. Necesitamos elevar el concepto del bienestar social al foco principal de los sistemas económicos, políticos, laborales y medioambientales para dar con soluciones mucho más efectivas que las actuales si queremos tener un lugar en el que vivir a pocas décadas vista. Y para que esto ocurra, no podemos seguir diseñando soluciones que sean simples mejoras de las anteriores. Ese proceso lineal de cambio es muy lento y lleva a la regurgitación de lo antiguo bajo un falso disfraz de innovación. Actualmente, obnubilados por el avance de la tecnología, promesas de vidas longevas y viajes a Marte la mayoría de los hombres olvidan que como especie no hemos salido de la casilla uno en cuanto a acercarnos a nuestro objetivo más profundo: Sentir la plenitud y la paz duradera que anhelamos.
¿Cómo podemos dar nacimiento a algo realmente nuevo? Necesitamos acceder a ideas que sean verdaderamente innovadoras, y para ello tenemos que aprender a dejar transparentar las antiguas que limitan nuestras miras de lo que es posible. Solo así podemos acceder a un aspecto de inteligencia de riqueza infinita a la que los mayores genios, inventores e impulsores del cambio de la historia de la humanidad acudieron para recibir sus ideas (el campo de ideas perfectas a las que hacía alusión Platón, el inconsciente colectivo del que hablaba Jung, etc.)
Pero este proceso creativo es más profundo de lo que parece. Lo que creemos ser como personas (un nombre, con su historia personal, una imagen concreta y un lugar en el mundo) a su vez no es más que un conjunto de ideas antiguas, en su gran mayoría aprendidas y repetidas desde que somos niños. Así que dejar transparentar los filtros de nuestras creencias limitantes para acceder a ideas verdaderamente nuevas implica dejar transparentar la imagen propia que hemos construido acerca de nosotros mismos. No hay otra manera, lo uno viene con lo otro.
A medida que, como parte de las creencias antiguas que vamos dejando atrás, las ideas que tenemos acerca de nosotros mismos y de nuestro entorno comienzan a transparentarse. El prisma interpretativo que nos hace ver el mundo en términos de “tú” versus “yo” se va desvaneciendo y en su lugar comienza a emerger una mirada basada en la interconexión y, finalmente, en la unidad de todas las cosas. Algo que místicos y filósofos han descrito en distintas culturas a lo largo de la historia y que empieza a ser una experiencia cada vez más alcanzable por personas como tú o yo en estos tiempos que corren.
Aunque el proceso como especie hacia este nuevo concepto del “yo” es claro, el paso sigue siendo lento porque aun vivimos en un contexto histórico caracterizado por una enorme arrogancia intelectual. Nos fascina adularnos a nosotros mismos por el desarrollo que ha experimentado la mente humana sin tener en cuenta los efectos de este desarrollo en nuestro bienestar personal y colectivo. Hemos convertido a la razón en nuestro dios, adorándola sobre las demás formas de conocimiento. A nuestro perjuicio porque, al hacerlo, hemos otorgado el poder a una mentalidad que tiende al malestar (los hombres prehistóricos más paranoicos lograron sobrevivir a las bestias y hemos heredado sus genes y sus creencias). La mente ha pasado de ser una herramienta a convertirse en nuestro amo y como consecuencia vivimos la vida con grados variables de malestar: Nos sentimos pequeños, aislados y carentes, siempre sedientos de ese “algo más” que nos falta para sentirnos plenos. Y desde esos cimientos nos lanzamos a construir cosas que no entendemos hacia una dirección en la que pocas veces nos paramos a reflexionar, como niños hiperactivos que, por vergüenza de su condición infantil, juegan a ser adultos.
El obstáculo principal en nuestro proceso de evolución hacia un mayor bienestar radica, pues, en que hemos construido nuestra historia de éxito (individual y como especie) sobre un pequeño eje llamado pensamiento lógico, y cuesta abdicar el trono tan alto que nos hemos construido en pro de vernos desde una mirada mucho más amplia, humilde, e interconectada. Esto se vive como una pérdida y naturalmente nos resistimos a ello. Pero la dirección de esta transformación continua su rumbo inevitable, avanzando como resultante de este cambio de mirada individual a la vez que impulsada por el miedo a una pérdida mayor (sistemas económicos, orden social, el planeta, etc.)
¿Cuál es el mecanismo por el cual este proceso de transformación individual afecta al bienestar social? Cuando las decisiones que tomamos dejan de estar regidas por las directrices de escasez y miedo que emanan de la mentalidad individual que aun reina en la mayoría de los seres humanos, estas empiezan a seguir las leyes de una inteligencia más amplia. Una inteligencia que, al igual que la anterior individual, se rige bajo la búsqueda de una mayor plenitud, pero a diferencia de esta lo hace ya no para la persona sino para colectivos de personas, el planeta, y sistemas mayores. Estas leyes mayores son las mismas que hacen que las plantas y los animales convivan en un ecosistema de equilibrio de una complejidad inabarcable para nosotros desde hace miles de años. Las decisiones tomadas por el individuo que siguen estas leyes “transpersonales” resultan óptimas para el bienestar social de forma orgánica, sin necesidad de filosofar, escribir libros o diseñar protocolos de actuación para la sociedad. Ocurre con la misma naturalidad que el cantar de un grillo la primera noche de verano.
Dicho de otra manera, de una forma natural y profunda el abanico de posibilidades a nuestro alcance aumenta a la par que nuestra personalidad se transparenta, y las opciones egocentristas de actuar basadas en la carencia y el miedo que tanto daño hacen al conjunto de la sociedad y del planeta empiezan a aportar menos valor en términos de bienestar personal que las acciones que se realizan para el mayor bien del conjunto. Las acciones hacia el exterior simplemente se convierten en el reflejo de una mirada interna que ha cambiado, una mirada en la que el eje central llamado “yo” deja de verse limitado por una personalidad individual y comienza a abarcar un espacio mucho más amplio.
Estamos, como especie, andando en esta dirección. Y no se trata de un cambio menor, sino de una revolución completa del ser humano y de cómo este interpreta su realidad. Un paso paulatino que nos lleva desde el reinado del pensamiento y el desacuerdo de incontables opiniones antagónicas, hacia una era de interconexión, pensamiento de unidad y acuerdo (etimológicamente: “pasar por el corazón”). Una bajada de la cabeza al pecho que nos hará vernos cada vez menos como actores aislados con capacidad de control sobre su entorno y más como agentes al servicio de unas leyes universales que desean ser expresadas o actualizadas a través de nosotros para el beneficio de un mayor bienestar del colectivo. La despedida del homo sapiens y el nacimiento del siguiente eslabón evolutivo.
Aunque mi aportación a este texto pueda parecer algo intelectual o incluso metafísica, lo vivo de una manera muy práctica y tangible. Por un lado, trabajo en el mundo de la transformación social. Fui emprendedor social y Fellow de Ashoka, y actualmente trabajo en medio del mundo financiero, transformando el capital riesgo para que se convierta en un poderoso agente de cambio social y medioambiental. En este rol, he visto muchos casos de emprendedores sociales a lo largo de los años y he detectado un patrón de malestar personal acuciante en muchos de ellos. Esto resulta, en mi opinión, de la identificación con etiquetas que la sociedad ha indiscriminada e irresponsablemente acuñado sobre el emprendimiento en los últimos años (emprendedor = “crack” y emprendedor social = “héroe”), generando una carga enorme sobre las espaldas de la persona. Una carga de responsabilidad que hace que el emprendedor social se vuelque en su proyecto de bienestar social por encima de su propio bienestar personal, llevando a muchos casos de burnout, depresión, problemas en las relaciones de pareja, y otros factores relacionados. Todo ello acaba llevando a una falta de resiliencia por parte del emprendedor social a la hora de hacer crecer sus proyectos, así como una disminución de la fuerza y creatividad necesarias para que esos proyectos alcancen dimensión a gran escala.
Además de mi rol como agente de cambio social, conozco bien el sector corporativo, habiendo sido director de una multinacional de Internet en España, banquero de inversión y consultor estratégico en el pasado. Como consecuencia de lo observado en estos entornos y de mi propio proceso, dedico la mayoría de mis noches a acompañar a ejecutivos y otras personas en su proceso de transformación hacia la mirada unitaria que he descrito anteriormente, tanto personalmente como en escuelas de negocios. Al igual que con el primer rol, ya no hago lo que hago movido por una visión compulsiva de cambiar el mundo ni desde una sensación de heroicidad individual, sino simplemente porque cuando estoy en paz conmigo mismo me siento unido al resto, y estas facetas surgen en mí con la petición de ser expresadas, siendo lo más fácil por mi parte dejar que se expresen. Las experiencias vividas con los distintos grupos de personas con los que trabajo a nivel de realización personal me confirman el potencial de transformación que cada uno de nosotros tenemos para realizar el cambio de perspectiva descrito anteriormente, y esto me llena de entusiasmo.
A medida que continuemos nuestro proceso evolutivo hacia esta nueva concepción del bienestar social, veremos cambios en todos los sistemas del planeta. Centrándome en el área de la economía y de los mercados, lentamente ocurrirá un cambio de raíz que nacerá de la nueva mirada que emerge. Mucho antes que eso, llegará una tercera oleada del emprendimiento social que continuará la evolución de las anteriores (la primera fue la de emprender, y posteriormente la de emprender para el bien de los demás). Se tratará de una fase en la que emprendimiento social y el bienestar de los emprendedores sociales se fundirán hasta que sean indivisibles el uno del otro.